La lección de humanidad que me enseñó un árbol
- Pipe Velasco

- hace 1 día
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Actualizado: hace 11 horas

Este año estuve sentado debajo de un árbol por varios días. Hice ayuno de palabra, de alimento y de bebida debajo de sus ramas. Amé a ese árbol. Siempre con sus brazos abiertos apuntando hacia el cielo, recibiendo la oscuridad de las noches y la luminosidad del día. Recibía el frío de la lluvia y el calor del día. Recibía a todo tipo de insectos que lo recorrían. Había hormigas de diferentes tamaños y diseños, cucarrones, chinches, mariquitas, mariposas, abejas, avispas, libélulas y por las noches, luciérnagas que se encendían como seres mágicos que danzaban entre sus ramas. A este árbol llegaban ardillas y pájaros de diferentes especies en busca de sus frutos. Todos estos seres lo caminaban, se alimentaban y lo recorrían con libertad. Entre sus ramas se habían instalado varias especies de hongos, líquenes y bromelias que daban flores y se alimentaban de su ser. También tenía barbas blancas que colgaban y lo adornaban. No sé mucho de árboles pero por sus arrugas suponía que era un árbol viejo, un ser sabio que llevaba años ahí, siendo un refugio para todos y por esos días, siendo un refugio para mi.

Durante varios días ese árbol me cobijó, me protegió de la lluvia y el frío, del sol y el calor. Después de varios días a su lado algo en mi alma se empezó a mover, fue un momento profundo donde puede ver, sentir, meditar y pensar en mi vida. Un momento de confrontación conmigo mismo, con mis actos, mis reacciones, mis dolores. Empecé a llorar de solo verlo, de sentir su grandeza, su nobleza. Lo miraba y las lágrimas recorrían mi cara. El seguía con sus brazos abiertos, dándolo todo, creando oxígeno, limpiando el aire, siendo el refugio y alimento de todos. Pensé en mi vida y quise ser como un árbol, ser sombra, ser refugio. Pararme con esa firmeza pero también con esa flexibilidad para mover mis ramas con los vientos de la vida, vientos que a veces son incesantes y furiosos, pero poder permanecer ahí, firme con los brazos hacia el cielo, siendo siempre generoso y amoroso.

En ese momento me di cuenta que quería ser un hombre árbol, un árbol para mis hijos, mí familia, mis amigos, la gente que me rodea. La mayor lección de humanidad me la enseñó un árbol, un árbol que jamás haría daño, un ser humilde, generoso, íntegro, sabio, poderoso y silencioso. Pensé en toda la sabiduría que tienen los árboles, los bosques, la selva. Pensé en todo lo que protegen, en todas las formas de vida que albergan y seguí conmovido por su grandeza. Me sentí afortunado de las selvas que he caminado, las montañas que he recorrido, los ríos en los que me he bañado y las medicinas que han alimentado mi alma.

Todo esto me llevó a preguntarme. Cual es la verdadera riqueza? De que se trata el llamado progreso? Que sentido tiene la productividad que ahora nos quieren imponer como forma de vida? Después de ese tiempo estoy nuevamente en frente de mi computador y vuelve a mí la pregunta que me ha perseguido toda la vida. De que se trata todo esto? Que sentido tiene la vida? Vivo la vida correcta? Acá, conectado a todos mis aparatos, mis redes sociales, viendo la naturaleza que me rodea, estoy realmente conectado? O es todo una ilusión? Ilusión de conexión, ilusión de sentido, ilusión de progreso. El celular no quiere que lo suelte y yo peleo por revelarme ante sus pretensiones, por dejar de scrollear en ese lugar infinito que me llena de nada y que me conduce a la nada.

Solo espero que podamos proteger a la gran madre, a la hermana selva. Una madre poderosa, generosa y voluptuosa que nos acoge y nos provee, no sólo de alimentos y de agua, sino de paisajes, de culturas, de dialectos, de cantos, de amaneceres y atardeceres, de diversidad y belleza en todas sus formas. Ojalá todos pudiéramos ser árboles, abrazarnos como un bosque, ser una selva salvaje, un paisaje infinito.



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